Mantenerme quieto mientras me hacen un tratamiento facial es una de las experiencias más difíciles de mi vida. De verdad. Es peor que esperar en el médico. Es peor que estar sentado en un sofá sin hacer nada. Porque en un sofá puedes mirar el móvil. Y aquí no.
Y mientras estoy ahí, quieto, con la cara llena de cosas, mi mente hace lo que hace siempre: pensar demasiado. Y pienso cosas. Muchas cosas. La mayoría incorrectas. Pero pensar, al fin y al cabo.
Hoy os cuento lo que pienso cuando estoy en la consulta de mi mujer. Que no es poco. Y que probablemente os sorprenda. O no. Porque al final, soy un pouco predecible.
Lo que pienso cuando me dicen que no me mueva
«No te muevas» es la frase que más escucho en la consulta. Y cada vez que la oigo, mi primer instinto es moverme. No de forma consciente. Es un reflejo. Como cuando alguien dice «no pienses en un elefante rosa» y automáticamente piensas en un elefante rosa.
Mi segundo pensamiento es: «¿Cuánto tiempo llevo aquí?». Y siempre, siempre, llevo cinco minutos. Siempre me parece más. Esto, he descubierto, es universal. El tiempo se detiene cuando no puedes hacer nada. Especialmente cuando no puedes tocarte la cara.
Mi tercer pensamiento es en qué he hecho con mi vida para estar aquí. Medio en broma. Medio en serio. Porque estar treinta minutos sin poder hacer nada requiere un tipo específico de paciencia que yo, como personalidad, no poseo de forma natural.
Lo que pienso sobre las cremas que uso en casa
Aquí es donde empieza el auténtico problema. Porque mi mujer, antes de empezar cualquier tratamiento, me pregunta qué uso en casa. Y yo le digo. Y ella pone esa cara. Ya sabéis cuál.
«¿Esa crema la has probado?», me pregunta. «Sí», le digo. «¿Y?». «Y qué, ¿qué?». «¿Qué tal te va?». «Bien», le digo. «Bien cómo? ¿Notas la piel mejor? ¿Más hidratada? ¿Menos irritada?».
Y yo me quedo en blanco. Porque no lo sé. La verdad es que no lo sé. Nunca me he parado a notar cómo me cambia la piel una crema. Uso lo que uso porque lo vi en un anuncio. O porque era barato. O porque olía bien.
Y esto, sospecho, les pasa también a las clientas. Que usan lo que usan porque algo les dijo que lo usaran. Sin saber exactamente por qué. Sin notar resultados. Simplemente usando, por usar.
La pregunta que nunca me habían hecho: ¿Notas algún cambio en tu piel desde que usas esos productos? Si la respuesta es «pues no sé», probablemente no estés usando los productos correctos para tu tipo de piel. Y si no estás usando los correctos, estás tirando el dinero.
Lo que pienso sobre mi routine de skincare
Si soy honesto conmigo mismo — cosa que intento evitar — mi rutina de skincare se podría resumir en una frase: me lavo la cara con lo que sea que encuentre en la ducha y me pongo crema cuando me acuerdo.
Esto, he descubierto, es más común de lo que debería. Y el «cuando me acuerdo» suele ser después de que mi mujer me mire la cara de una forma concreta. Ese tipo de mirada que dice «¿te has puesto algo en la cara en los últimos tres días?».
Lo más preocupante es que esta falta de rutina no me molesta. Me debería molestar, pero no. Y creo que a muchos hombres de mi generación tampoco les molesta. Nos han enseñado que la skincare es cosa de mujeres. Lo cual es absurdo. La piel es de quien la tiene. Y la de los hombres, curiosamente, también envejece.
Lo que pasa cuando me explicas las cosas y las entiendo de verdad
Esto es lo que más me gusta de estar en la consulta. Cuando mi mujer me explica por qué usa un producto u otro. No con jerga — con razones. «Este producto lo necesitas porque tienes la piel seca aquí. Este otro porque pasas demasiado tiempo al sol.»
Cuando entiendo el por qué, las cosas cambian. Empiezo a notar. Noto que la zona de la nariz, por ejemplo, se me pela más que el resto. Noto que las manos me delatan: las tengo de alguien que lava demasiados platos sin guantes. Noto que mi piel no es igual en verano que en invierno.
Y cuando noto, empiezo a cuidarme. No porque me lo digan. Porque quiero. Porque veo el resultado.
La diferencia entre educar y ordenar: Cuando le dices a tu clienta «usa esto», la clienta usa eso durante una semana y luego vuelve a lo de siempre. Cuando le explicas por qué necesita esto y qué pasará si no lo usa, la clienta decide por sí misma. Y las decisiones propias se mantienen.
Lo que debería hacer y no hago
Debería tener una rutina. Una de verdad. No de vez en cuando, no cuando me acuerdo. Una cada día.
Debería entender mi tipo de piel. No por encima, sino de verdad. Qué me pasa cuando como ciertos alimentos. Qué me pasa cuando duermo mal. Qué me pasa cuando paso demasiado tiempo en exteriores.
Debería haber empezado hace diez años. Pero como no lo hice, empezaré hoy. O mañana. Probablemente mañana.
Lo que me frena no es la pereza — o no solo la pereza. Es que no sé por dónde empezar. Hay demasiados productos. Demasiadas opciones. Y no tengo a nadie que me guíe en un idioma que yo pueda entender.
Lo que necesitaría
Si fuera clienta de una esteticista — que técnicamente lo soy, por proximidad — necesitaría exactamente esto:
Primero, que me evaluaran. De verdad. No un vistazo rápido. Una evaluación completa de mi piel. Con notas. Con un registro. Para que cuando vuelva, se pueda ver qué ha cambiado.
Segundo, que me dieran tres productos. Solo tres. Y que me explicaran por qué esos tres y no otros. Con un orden. Con un motivo.
Tercero, que me preguntaran después. A la semana, a las dos semanas. No para vender más. Para verificar que estoy usando las cosas bien. Y que entiendo por qué.
Esto, en esencia, es lo que hace mi mujer conmigo. Y funciona. No porque yo sea fácil — que no lo soy. Sino porque ella tiene un sistema. Y el sistema funciona mejor que los buenos intenciones.
Si lees esto y eres hombre: La skincare no es solo para mujeres. Tu piel envejece igual. Y cuando llegues a los 50 y notes la diferencia, te vas a arrepentir de no haber empezado antes. Empieza hoy. Con tres cosas. No con diez.
Lo que he aprendido en la consulta de mi mujer
Que la piel no es algo que se arregla una vez y ya está. Es algo que se mantiene. Que se cuida. Que evoluciona. Que necesita atención continua.
Y que lo mismo aplica a cualquier otra parte de la vida que dejes abandonada. Que no es tan diferente una consultation de estética de cualquier otra inversión que hagas: requiere atención, constancia, y alguien que te explique las cosas con paciencia.
Mi mujer, al final, no solo me cuida la piel. Me cuida la cabeza. De una forma lateral. Invisible. Que no parece que estoy aprendiendo nada, pero aprendo. Cada vez que me sienta en esa silla y me quedo quieto por primera vez en horas.
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