En el centro de estética de Laura, cada cliente trae consigo una historia, pero hay algunas que nos marcan de una manera especial. Hace un tiempo, llegó una mujer de unos cuarenta años con una petición inusual: quería un tratamiento facial para su padre.
—Mi papá nunca ha cuidado su piel, pero quiero que se sienta bien en su día —nos explicó con una sonrisa cargada de nostalgia—. Ha trabajado toda su vida para darnos todo, y creo que es hora de devolverle un poco de ese amor.
Cuando su padre llegó, un hombre mayor de manos ásperas y piel curtida por los años, se notaba incómodo. Se sentó con cierta rigidez y miró a su hija con incredulidad.
—Esto no es para mí —susurró—. ¿Qué van a decir mis amigos?
Laura, con esa habilidad suya para hacer sentir a todos en casa, le respondió con una verdad simple:
—La estética no es solo para verse bien, sino para sentirse bien. Y después de tanto dar, también merece recibir.
A medida que avanzaba el tratamiento, el hombre empezó a relajarse. Su hija lo observaba con cariño, y al final, cuando se miró al espejo, sonrió con timidez.
—Me veo… descansado —dijo sorprendido.
Esa clienta me enseñó algo importante: la estética no es solo cuestión de imagen, sino de amor propio y reconocimiento. Y a veces, los padres necesitan un empujón para recordar que también merecen cuidarse.
Moraleja: El cuidado personal no es un lujo, es una forma de reconocer nuestro propio valor. Muchas veces, los padres se acostumbran a dar sin recibir, olvidando que también merecen momentos de bienestar. En este Día del Padre, recordemos que la estética no tiene género ni edad: es un acto de amor propio. 💙
