Siempre he creído que nuestro entorno es un reflejo de nuestro estado interior. Y durante mucho tiempo, hubo una habitación en nuestra casa que reflejaba el puro caos: el despacho. O, mejor dicho, «el cuarto de los trastos». Era el lugar donde iban a parar las cajas de pedidos del centro de estética, los archivadores viejos, la bicicleta estática que se convirtió en un perchero de lujo… Era una habitación con la puerta casi siempre cerrada, un pequeño recordatorio del desorden que a veces se acumula sin que nos demos cuenta.
Yo, sinceramente, lo había dado por perdido. Pero Laura, con su visión de esteticista que busca la belleza y el orden hasta en el poro más escondido, no podía soportarlo. El negocio había crecido, y la gestión que hacía en la mesa de la cocina se le quedaba pequeña. Necesitaba su propio espacio, no solo para trabajar, sino para inspirarse. «No quiero un simple despacho, Javi», me dijo un día, «quiero un refugio. Un lugar que me dé la misma paz que intento dar a mis clientas».
Ese fue el punto de partida. Y presenciar el proceso fue, de nuevo, como verla diseñar un tratamiento de belleza integral para una habitación.
Primero, vino la fase de «limpieza profunda». Un fin de semana entero dedicado a vaciar, clasificar y depurar. «Es como una exfoliación», decía mientras separábamos lo que se quedaba, lo que se donaba y lo que se iba. «Hay que eliminar las células muertas para que la piel respire». Y vaya si respiró la habitación cuando vimos las paredes desnudas por primera vez en años.
Luego, la fase de «tratamiento y nutrición». Laura eligió un color para las paredes, un verde salvia suave y relajante que recordaba a sus mascarillas de arcilla. Buscó muebles que no solo fueran funcionales, sino estéticamente bonitos: estanterías cerradas para «ocultar las imperfecciones» (el desorden de los papeles) y un escritorio elegante pero práctico. Invirtió en una buena silla, «porque la postura es la estructura de la piel del cuerpo», según su filosofía.
Finalmente, la fase de «hidratación y protección», los toques finales que lo cambian todo. Colocó una iluminación cálida, plantas que purificaran el ambiente, un corcho para sus ideas y un par de cuadros que le inspiraban. Cada objeto tenía un propósito: crear un ecosistema de calma y concentración.
El resultado es espectacular. Ahora, la puerta de esa habitación está siempre abierta. A menudo la veo allí, sentada frente al ordenador, con una taza de té, y no parece que esté trabajando. Parece que está en su santuario, recargando energías. El caos ha sido reemplazado por una serenidad productiva que ha contagiado al resto de la casa. Incluso yo me encuentro a veces entrando allí solo para leer un rato, atraído por la paz que se respira.
Moraleja: Este logro me ha reafirmado en una idea. Las habilidades que hacen de mi esposa una profesional excepcional —la visión para ver el potencial, la paciencia para ejecutar un plan y el amor por el detalle— no son exclusivas de su trabajo. Son la esencia de quién es. No ha construido solo un despacho; ha creado un espacio que nos demuestra cada día que el orden y la belleza exterior son una fuente inagotable de paz interior. Y esa es una de nuestras mayores alegrías.
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