Hay sábados y «súper sábados». Y luego están esos sábados que yo llamo «agujeros negros emocionales». Son días en los que el timbre de la puerta no deja de sonar, la agenda está completa desde hace semanas y parece que el mundo entero ha decidido venir a buscar un oasis en el centro de Laura. Desde fuera, es el sueño de cualquier emprendedor. Desde dentro, es una maratón de resistencia emocional.
Recuerdo un sábado en particular. Lo observé todo desde mi rincón, mientras adelantaba algo de papeleo. La primera clienta del día llegó con el corazón roto, buscando un masaje relajante que aliviara la pena de una ruptura reciente. Laura, además de esteticista, se convirtió en psicóloga y paño de lágrimas. La siguiente era una explosión de felicidad: una novia probando su tratamiento final antes de la boda. Laura tuvo que cambiar el chip en tres minutos, pasar del consuelo a la euforia y celebrar con ella. Después vino una mujer estresadísima por el trabajo, que no dejó de quejarse de su jefe durante los 60 minutos que duró su limpieza facial. Laura fue un oyente paciente, un frontón silencioso. Y así, una tras otra. Cada clienta llegaba con su propia mochila cargada de emociones, y mi mujer, con una sonrisa inquebrantable, las ayudaba a aligerar el peso.
Al final del día, cuando la última clienta se fue, flotando en una nube de bienestar, entré en la cabina para ayudar a recoger. Encontré a Laura sentada en su taburete, con la mirada perdida en la pared. No estaba triste ni enfadada. Estaba vacía. Como un móvil al que se le ha agotado la batería por completo. Había repartido toda su energía, todas sus sonrisas y toda su capacidad de escucha, y no se había guardado ni una pizca para ella.
«Hoy ha sido duro», le dije en voz baja, pasándole un vaso de agua. Ella solo asintió. Esa noche comprendí que la herramienta de trabajo más importante de una esteticista no es la espátula ni el peeling ultrasónico, sino su propia energía emocional. Y esa energía es finita. Si la das sin control, te quedas a cero.
Desde aquel día, implementamos una serie de «rituales de supervivencia» para proteger su bienestar, porque para cuidar de los demás, primero tienes que cuidarte tú.
Mis recomendaciones como consultor para gestionar la energía emocional son:
- Crear «Micro-Reseteos»: Entre clienta y clienta, aunque solo sean cinco minutos, es crucial hacer un reseteo consciente. No se trata de ordenar o limpiar, sino de «limpiarse» por dentro. Salir a tomar el aire, hacer tres respiraciones profundas, escuchar una canción que te guste o simplemente cerrar los ojos en silencio. Es un ritual para soltar la energía de la persona anterior y prepararse para la siguiente.
- Establecer un Ancla Sensorial: Utiliza un aroma (un aceite esencial, un spray de ambiente) que sea solo para ti. Pulverízalo sutilmente en la cabina entre servicios. Ese olor actuará como una señal para tu cerebro, un ancla que te devuelve a tu centro y te recuerda que ese es tu espacio profesional.
- Aprender a ser un «Espejo con Filtro»: Es maravilloso empatizar, pero es peligroso absorber. Hay que aprender a escuchar y reflejar la emoción del cliente sin dejar que te empape. Imagina que eres un espejo: muestras el reflejo, pero la imagen no se queda en ti. Es una habilidad que se entrena.
- El Ritual de Cierre: Al final de la jornada, crea una rutina que marque una separación clara entre el trabajo y la vida personal. Puede ser cambiarte de ropa por completo (incluidos los zapatos), dar un pequeño paseo antes de llegar a casa o poner un tipo de música diferente en el coche. Es una forma de decirle a tu mente: «El personaje de la esteticista ha terminado por hoy».
Moraleja: El arte de cuidar a los demás exige una disciplina invisible: el arte de cuidarse a uno mismo. Tu energía es tu capital más valioso; inviértela con sabiduría, protégela con ferocidad y nunca olvides recargarla. La sonrisa más genuina es la que nace del propio bienestar.
