Cuando la gente se entera de que mi mujer, Laura, es esteticista y dueña de su propio centro, suelen mirarme con una mezcla de envidia y curiosidad. La mayoría se imagina que vivo en un spa perpetuo, que floto por casa con una mascarilla de oro de 24 quilates mientras recibo masajes con piedras calientes a demanda. La realidad, como siempre, es infinitamente más compleja, divertida y, a ratos, completamente absurda. Hoy he decidido abrir las puertas de mi día a día y confesar lo que de verdad significa ser el «marido de».
Lo Bueno: Los Privilegios Inesperados
No voy a mentir, hay ventajas. Gracias a años de ósmosis profesional, mi cultura sobre el cuidado de la piel ha alcanzado niveles insospechados. Sé distinguir el ácido hialurónico del glicólico, entiendo la importancia de la doble limpieza y tengo un sérum de vitamina C que es la envidia de mis amigos. Nuestro cuarto de baño parece el backstage de una pasarela de moda; está lleno de muestras, prototipos y productos que Laura prueba antes de ofrecerlos en el centro. He llegado a usar cremas carísimas pensando que eran un simple after-shave.
Pero el mayor privilegio es el acceso VIP a la naturaleza humana. El centro de estética es un confesionario moderno. A través de las historias (siempre anónimas, por supuesto) que Laura comparte conmigo para desahogarse, he aprendido más sobre las esperanzas, los miedos y las alegrías de la gente que con cualquier libro o película.
Lo Malo: Los Daños Colaterales
El refrán «en casa de herrero, cuchillo de palo» se inventó para nosotros. La fantasía de los masajes a diario se desvanece cuando ves a tu mujer llegar a casa con las manos y la espalda destrozadas después de ocho horas de trabajo. Si quiero un tratamiento, tengo que pedir cita como todo el mundo, y a veces hasta me toca esperar.
Luego está el tema de los olores. Mi pituitaria ha desarrollado una tolerancia admirable a una extraña sinfonía de esencias: una mezcla de cera caliente, los ácidos de un peeling químico y el inconfundible aroma del quitaesmalte. Y por supuesto, está el peaje emocional. Ser el marido de una esteticista significa ser el soporte silencioso, el que escucha sin juzgar cuando un cliente ha sido difícil o cuando la jornada ha drenado hasta la última gota de energía de mi mujer.
Lo Absurdo: El Surrealismo Cotidiano
Aquí es donde la vida se pone verdaderamente interesante. He encontrado bandas de cera depilatoria pegadas en mis calcetines al sacarlos de la lavadora. He luchado contra una invasión de purpurina que duró semanas después de que Laura hiciera unas pruebas de maquillaje de fiesta. Me he convertido, sin buscarlo, en un lienzo de pruebas.
La situación más surrealista la viví hace unos meses. Laura estaba emocionadísima con una nueva formación de nail art y necesitaba practicar diseños florales diminutos. ¿Y qué manos tenía más a mano (nunca mejor dicho)? Las mías. Al día siguiente tuve una reunión de trabajo bastante seria. Intenté esconder la mano todo lo que pude, pero fue inevitable. En mitad de la negociación, el director de la otra empresa se quedó mirando fijamente mi mano derecha. «Disculpa la pregunta, Vidal», me dijo, «¿eso es una margarita en tu uña del pulgar?». Solo pude sonreír y contestar: «Larga historia. Digamos que apoyo el arte en todas sus formas».
Moraleja:
Vivir con alguien que ama su profesión con tanta pasión es un viaje. Es aprender a querer su mundo con todo lo que implica: lo bueno, lo malo y las margaritas en las uñas. Es entender que detrás de la fachada de belleza y glamour hay un trabajo durísimo, una dedicación infinita y un corazón enorme. Y ser testigo de eso, ser su apoyo y su fan número uno, es, sin duda, la mejor parte de todas.
