El otro día entré en una cafetería nueva que habían abierto en el barrio. Tenía una decoración preciosa, muy moderna, pero al sentarme, noté que la mesa estaba pegajosa. El azucarero tenía manchas de café y vi al camarero usar el mismo paño para limpiar la barra, la máquina de café y luego secarse las manos. Salí de allí sin tomar nada y con una sensación de desconfianza total.
Esa noche se lo conté a Laura, y ella, en lugar de reírse, se puso muy seria. «Eso, Javi,» me dijo, «es exactamente lo que jamás puede ocurrir en mi centro. Jamás». Y es que a menudo hablamos de la técnica, de los productos, de la atención al cliente… pero olvidamos el pilar sobre el que se sostiene todo lo demás: la higiene. Un cliente te confía lo más preciado que tiene: su piel, su salud. Esa confianza se puede romper para siempre, no con un mal tratamiento, sino con una simple duda sobre la limpieza del centro.
He perdido la cuenta de las noches que me he quedado trabajando en mi portátil en un rincón del centro mientras Laura realiza lo que yo llamo su «danza de la desinfección». Es un ritual metódico, casi sagrado, que tiene lugar cuando la última clienta se ha ido y las luces se apagan para el público. Es entonces cuando empieza la verdadera magia que garantiza la seguridad de todos al día siguiente.
Observándola, he entendido que la higiene no es solo pasar una mopa. Es una filosofía. Veo cómo enfunda la camilla con un papel nuevo para cada persona, sin excepción. Cómo utiliza espátulas desechables para coger producto de los botes, evitando cualquier contaminación. Y luego está el rey del centro, ese aparato que emite un zumbido sordo al final del día: el autoclave. Cada pinza, cada herramienta metálica que toca la piel de una clienta, pasa por ese horno de vapor a alta presión que elimina cualquier microorganismo. Para Laura, la esterilización es tan innegociable como respirar. Su lema es: «Si no está esterilizado o no es de un solo uso, no se acerca a un cliente».
Mis consejos como consultor (aprendidos de la mejor) para un centro impecable son:
- El Autoclave es tu Mejor Amigo: Invierte en un buen autoclave y úsalo rigurosamente para todo el instrumental metálico. No hay sustituto. Comunica a tus clientes que lo usas; es un sello de calidad y confianza.
- Adopta la Filosofía de «Un Cliente, Un Kit»: Prepara todo lo que puedas de antemano. Ten kits desechables (gasas, algodones, espátulas, palitos de naranjo) listos para cada cliente. Esto no solo es más higiénico, sino que también agiliza tu trabajo y da una imagen de profesionalidad exquisita.
- La Desinfección Va Más Allá de la Camilla: Limpia y desinfecta TODO después de cada uso. La lupa, el carrito de trabajo, los botes de producto que has tocado, el datáfono para cobrar e incluso los pomos de las puertas. Los gérmenes no discriminan.
- Tus Manos son la Herramienta Principal: Lávate las manos a conciencia delante del cliente antes de empezar el tratamiento. Usa guantes siempre que sea necesario y cámbialos si tienes que tocar algo fuera del campo de trabajo (como el móvil o un cajón).
- El Orden es el Reflejo de la Limpieza: Un centro puede estar desinfectado, pero si está desordenado, la percepción del cliente será negativa. Mantén las estanterías ordenadas, los botes de producto limpios por fuera y los suelos impecables. La higiene también entra por los ojos.
Moraleja:
La higiene en un centro de estética no es un simple requisito sanitario; es la manifestación más pura de respeto y cuidado hacia tus clientes. Un tratamiento espectacular puede ser olvidado si la limpieza es dudosa, porque lo que realmente perdura en la memoria del cliente es la sensación de haberse sentido seguro y protegido.
