El otro día, mientras desayunaba y navegaba por las noticias del sector en mi tablet, un titular me saltó a la vista: «La Realidad Aumentada revoluciona el diagnóstico estético». El artículo mostraba espejos inteligentes y aplicaciones que permitían a los clientes visualizar los resultados de un tratamiento antes de hacérselo. Con un par de clics, una persona podía ver una simulación de cómo se atenuarían sus manchas después de varias sesiones de láser, o el efecto lifting de un tratamiento de radiofrecuencia.
Fascinado, giré la tablet y se la enseñé a Laura. «¡Cariño, mira esto! Es el futuro», le dije con el entusiasmo de quien cree haber descubierto la pólvora. «Imagina tener esto en el centro. Se acabarían las dudas de las clientas. Podríamos mostrarles una proyección realista de los resultados. ¡Sería una herramienta de venta y de gestión de expectativas brutal!». En mi mente de consultor, ya veía los gráficos de conversión disparándose.
Laura dejó su café, se ajustó las gafas y miró el vídeo con atención. Yo esperaba ver en su cara la misma fascinación que en la mía. En su lugar, vi una ceja arqueada, señal inequívoca de escepticismo profesional. «Es impresionante, Javi», admitió. «Pero me da un poco de miedo». Me sorprendió. «¿Miedo? ¡Pero si es un avance increíble!».
Y entonces, me dio una lección que ninguna revista de tendencias podría darme. «Mi trabajo», empezó a explicar, «se basa en el tacto. Se basa en sentir la elasticidad de la piel bajo mis dedos, en notar la deshidratación, en ver la reacción real de la piel cuando aplico un producto. Una cámara puede analizar la superficie, pero no puede sentir lo que hay debajo. ¿Qué pasa si la simulación de ese espejo es demasiado optimista? ¿O si no tiene en cuenta una condición subyacente de la piel que yo sí detectaría?».
El debate estaba servido sobre nuestra mesa de la cocina. Yo defendía el poder de la tecnología para educar y convencer; ella defendía el valor insustituible del toque humano y la experiencia. «¿Y la conexión?», continuó. «Hay clientas que vienen y, mientras les hago el diagnóstico, me cuentan sus miedos sobre el envejecimiento, sus inseguridades. Ese momento de confianza es la base de todo. ¿Vamos a sustituirlo por una pantalla fría que escupe datos?».
Tenía toda la razón. Caí en la cuenta de que la tecnología, por muy avanzada que sea, debe ser una herramienta, no la protagonista. No puede reemplazar la sabiduría que hay en las manos de una profesional experimentada ni la empatía de su trato. Llegamos a una conclusión intermedia: no nos lanzaríamos a comprar un carísimo espejo virtual, pero sí podríamos empezar a usar aplicaciones de RA en la tablet durante la consulta. No para prometer resultados, sino para educar: para mostrar visualmente las capas de la piel, explicar cómo penetra un principio activo o por qué un tratamiento requiere varias sesiones. Usar la tecnología como un apoyo a la explicación humana, no como un sustituto de ella.
Mis consejos como consultor ante las nuevas tendencias tecnológicas:
- No te dejes deslumbrar: Antes de invertir en una nueva tecnología, pregúntate: ¿Resuelve un problema real mío o de mis clientes? ¿O es solo un «juguete» caro y llamativo?
- Prioriza el contacto humano: La tecnología debe servir para mejorar o facilitar la conexión con el cliente, no para reemplazarla. Si una innovación crea una barrera entre tú y tu cliente, desconfía.
- Úsala para educar, no solo para vender: Una de las mejores aplicaciones de la tecnología en estética es su capacidad para hacer visible lo invisible. Úsala para explicar procesos complejos de forma sencilla. Un cliente que entiende el «porqué» de un tratamiento es un cliente más comprometido y satisfecho.
- Empieza con una prueba piloto: No necesitas hacer una gran inversión inicial. Busca aplicaciones o versiones de software más económicas para probar cómo reaccionan tus clientes y si realmente se adapta a tu forma de trabajar.
Moraleja:
La tecnología es un tren de alta velocidad al que debemos considerar subirnos, pero nunca debemos permitir que nos atropelle, llevándose por delante la esencia de nuestro oficio. La mejor «realidad aumentada» siempre será la que combina la innovación de una pantalla con la sabiduría y la calidez de unas manos expertas.
