Mi Esposa, la Mentora: Viendo a Otros Profesionales Crecer Gracias a Ella

Mi Esposa, la Mentora: Viendo a Otros Profesionales Crecer Gracias a Ella

Uno cree que ya conoce todas las facetas de la persona con la que comparte la vida. He visto a Laura como una empleada aplicada, como una estudiante voraz, como una empresaria valiente y, por supuesto, como una esteticista con unas manos y una sensibilidad únicas. Pero últimamente, he descubierto una nueva versión de ella que me conmueve profundamente: Laura, la mentora.

No es un título que se haya puesto, ni un curso que haya decidido impartir. Ha surgido de la forma más orgánica posible. Empezó con una llamada esporádica de alguna ex-compañera, luego un mensaje de Instagram de una chica que empezaba en el sector, y poco a poco, sin darnos cuenta, Laura se convirtió en un faro para otras profesionales que se sentían un poco perdidas en el proceloso mar del emprendimiento estético.

La historia que mejor lo ilustra es la de Carla, una joven esteticista que había abierto su pequeño centro en un pueblo cercano. Era una chica con un talento técnico innegable, pero se estaba ahogando en el día a día del negocio. Recuerdo perfectamente la tarde en que llamó a Laura por primera vez, con la voz quebrada. Estaba a punto de tirar la toalla. Los números no salían, no sabía cómo atraer clientes más allá de su círculo inicial y una clienta le había dejado una reseña terrible que le había hundido la moral.

Esa noche, vi a mi mujer transformar nuestro salón, ya cerrado al público, en un aula improvisada. Se sentó en la mesa de recepción, con el teléfono en altavoz, y durante más de una hora no solo dio consejos, sino que escuchó. No le dijo a Carla «tienes que hacer esto», sino que le preguntaba: «¿Qué es lo que más te gusta hacer? ¿Cuál es tu cliente ideal? ¿Qué te hizo empezar este negocio?». La estaba ayudando a reconectar con su propia pasión.

A esa llamada le siguieron muchas otras. Vi a Laura compartir con ella sus propias plantillas de control de gastos, las mismas que a nosotros nos costó meses perfeccionar. Le enseñó a calcular el coste real de cada servicio para poner precios justos y rentables. Compartió con ella sus «guiones» para gestionar clientes difíciles. No se guardó nada. Le estaba dando años de experiencia, de prueba y error, concentrados en esas conversaciones. No era una consultoría, era un acto de generosidad pura.

El verdadero momento de alegría, el logro que da título a esta historia, llegó hace un par de meses. Era un martes por la tarde y Laura recibió un paquete en el centro. Dentro, un precioso ramo de flores y una nota escrita a mano. Era de Carla. En la nota, le contaba que no solo había salvado el negocio, sino que acababa de contratar a su primera empleada. Terminaba con una frase que se me quedó grabada: «Gracias, Laura. No solo me enseñaste de negocios, me recordaste por qué amo esta profesión. Me salvaste».

Ver la sonrisa de Laura al leer esa nota, una sonrisa radiante, llena de una satisfacción serena, fue uno de los momentos de mayor orgullo que he vivido. Era la alegría que no proviene de un balance contable positivo, sino de saber que tu trabajo, tu conocimiento y tu experiencia han servido para que otra persona cumpla su sueño.

Moraleja:

El éxito profesional tiene muchas capas. La primera es dominar tu oficio. La siguiente, construir un negocio próspero. Pero la más elevada y gratificante de todas es cuando te das la vuelta y ayudas a los que vienen detrás a subir la montaña contigo. Compartir tu luz no hace que brilles menos, hace que todo el paisaje se ilumine.


0 0 votos
Rating del Articulo
Suscribir
Notificar de
0 Comentarios
Más antiguo
El más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios